El mal existe y dura seis minutos
Opinión

El dragón durmiente

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Ayer había una plaga de medusas en la playa. Atrapé una para grabarle un vídeo a mis sobrinos y la devolví al mar. Sin nada más que poder hacer que estar bajo la sombrilla y mirar el mar (ya quisieran otros, ¿verdad? Pero, «all that glitters is not gold»), mi mente no pudo evitar pensar sobre la retirada de los Juegos Olímpicos de Tokio de la gimnasta multicampeona olímpica estadounidense Simone Biles, por aquello que yo denomino: «El dragón durmiente». Con ese valiente paso que, en realidad es más un acto de supervivencia, el mundo entero visibilizó otra pandemia que se alimenta de la actual pero, a diferencia de esta última, lleva siglos existiendo; los problemas de salud mental. La imagen del «loco del pueblo» transmitida por la literatura y por el cine (sí, hasta en La bella y la bestia de Disney hay un personaje llamado Lefou cuya traducción en francés es el loco y que es objeto de burla por todo el pueblo) todavía hoy sigue siendo un estigma social, algo que hay que esconder, porque si no es símbolo de debilidad. Te desacredita frente al mundo. No eres lo suficientemente fuerte y claro «has petado» que dirían las malas lenguas.

La depresión es «el dragón durmiente» que todos llevamos implantados en el ADN de nuestro cerebro, en nuestras vidas y, por tanto, puede despertar en cualquier momento y quemarnos con su fuego. Si nos duele la pierna, vamos al traumatólogo y si nos sentimos abrumados, tristes, ansiosos o simplemente, no podemos más, no acudimos al psiquiatra o al psicólogo, nos avergüenza. Pronunciar esas palabras en público es como una escena de Matrix, el mundo va a cámara lenta, se detiene y te mira con lascivia preguntándose el porqué y por ende, ya quedas sometido al escarnio y al vilipendio público, esa actitud malsana del ser humano. Si «el dragón durmiente» se despierta recurrimos a la pastilla, al ansiolítico, porque es mucho más sencillo que soltar tus miserias a un desconocido pero que, casualmente es especialista y sabe como ayudarte a abordarlas. No es de extrañar que España sea el país con mayor consumo de fármacos ansiolíticos en términos relativos. Y ahora es cuando algunos de ustedes se preguntan si el que suscribe es uno de ellos. ¿Lo ven? No se puede evitar.

No hay que ser un deportista de élite para cuidar de nuestra salud mental. Es algo que deberían enseñar desde la infancia para poder lidiar con inteligencia emocional y recursos positivos, con un mundo que cada vez es más voraz, más competitivo va más y más deprisa. ¿Creen que estábamos preparados para la COVID-19? ¿Qué secuelas dejará en nuestros más pequeños? ¿Y en nosotros? La soledad y el aislamiento de la pandemia ha extendido sus redes a todos; mayores y jóvenes con sus correspondientes consecuencias mentales. Por ello es tan necesaria la normalidad en la profilaxis, en el profesional que sí está preparado para tender esa mano y sacarte del lodo. Es necesario desacralizar el discurso de la depresión y normalizarlo. Olvidar las imágenes de los manicomios de las películas del Londres gótico y ensalzar la figura de la psiquiatra como sanador, el chamán de la mente. Hoy, la vida nos está poniendo a prueba y, por tanto, hoy más que nunca necesitamos voces como la de Simone Biles que se alcen delante de un micro y digan: «Ahora tengo que centrarme en mi salud mental». Para mí Simone, ya has conseguido el oro.

Francisco Javier Insa García. Escritor, abogado y articulista.

Twitter e Instagram: @fjinsa
Web: https://fjinsa.com/

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