Es el momento
Artículo de opinión de Manuel Martínez Sirvent, consultor político y ex alcalde de Callosa de Segura
La historia tiene el incómodo hábito de repetirse cuando no aprendemos de ella. Como politólogo y profesor de historia de España, observo con creciente preocupación cómo el tablero político español reproduce, casi con exactitud milimétrica, los patrones de confrontación de bloques que marcaron los años más turbulentos de la Segunda República. No hablo de nostalgias ni de comparaciones alarmistas, sino de estructuras: la CEDA frente al Frente Popular, “las dos Españas” de Machado, un sistema electoral que premió la polarización sobre el consenso. El resultado lo conocemos todos.
Estas últimas semanas, tras los comicios autonómicos en Extremadura, Aragón, y con Castilla y León y Andalucía en el horizonte antes de las generales de 2027, asistimos a la consolidación de ese mismo esquema bipartidista de bloques. Por un lado, Pedro Sánchez apuesta deliberadamente por la polarización como estrategia de supervivencia política. Su cálculo es transparente: ante la debacle electoral, fortalecer un bloque de izquierdas amplio —desde Sumar y Podemos hasta Bildu, ERC y BNG— que le permita seguir gobernando mediante pactos postelectorales. Por otro, el Partido Popular da por sentada su alianza tácita con Vox, normalizando una configuración de gobierno que, aunque legítima democráticamente, cristaliza esa división en bandos irreconciliables: rojos contra azules, progresistas contra conservadores, España contra España.
Esta lógica de trincheras no es inocente. Es funcional para las cúpulas partidarias —garantiza escaños, poder, recursos— pero es devastadora para el país. Porque cuando la política se convierte en guerra de bloques, los ciudadanos dejan de ser el objetivo y pasan a ser mera munición electoral. Las políticas públicas se subordinan a la estrategia de partido, el bien común se sacrifica en el altar de la coherencia ideológica, y España entera queda atrapada en un bucle de confrontación estéril.
Por eso digo: es el momento.
Es el momento de abandonar paradigmas agotados. No hablo de renunciar a los valores esenciales que fundaron nuestra democracia —libertad, pluralismo, Estado de derecho—, sino de cuestionar las estructuras caducas que los vehiculan: partidos-aparato con cuadros inamovibles, lógicas de poder enquistadas, dinámicas que ya no sirven al interés general sino a la autopreservación de las élites políticas.
Necesitamos nuevos espacios, nuevos liderazgos que se atrevan a romper con la lógica de bloques. Líderes que entiendan que las políticas no son cuestión de ideología, sino de resultados y bienestar ciudadano. Que comprendan que España necesita gestión eficaz, no posicionamientos estériles en un eje izquierda-derecha cada vez más obsoleto. Y no digamos de situar en la “extrema derecha” o en la “izquierda del PSOE”.
El mundo ofrece ejemplos. Nayib Bukele en El Salvador rompió el bipartidismo FMLN-ARENA que había secuestrado el país durante décadas. Su partido, significativamente llamado Nuevas Ideas, arrasó porque conectó con el hartazgo ciudadano y porque ofreció resultados tangibles en seguridad y bienestar. Se puede discutir su estilo, su concentración de poder, pero es innegable que canalizó una demanda real de cambio sistémico.
En España, ciertos liderazgos emergentes —pienso en Alvise Pérez y Se Acabó La Fiesta— son sistemáticamente silenciados, ridiculizados o cubiertos de basura mediática. Es cierto que su estilo puede resultar abrasivo, incómodo, poco convencional. Pero si escuchamos el mensaje más allá de las formas, lo que encontramos no es anarquismo ni antisistema en sentido destructivo, sino una crítica frontal al sistema tal como está configurado ahora: un sistema que ha dejado de producir bienestar, que genera desafección, que convierte la política en espectáculo y a los ciudadanos en espectadores pasivos de su propia decadencia democrática, en mera partitocracia.
No se trata de abrazarlo todo acríticamente. Se trata de escuchar lo que estas propuestas canalizan: hartazgo, deseo de renovación, exigencia de que la política vuelva a su función esencial de servicio público, de bien común. Y se trata, sobre todo, de que quienes aspiran a liderar este país entiendan que el modelo de bloques nos lleva al abismo.
España necesita una refundación política. No traumática, no revolucionaria, pero sí profunda. Una refundación que coloque el bien común por encima de las siglas, que privilegie la competencia técnica sobre la lealtad de aparato, que entienda que gobernar para todos significa precisamente eso: para todos, no para tu bloque.
Es el momento de dejar atrás las trincheras. Es el momento de que emerjan líderes con coraje suficiente para romper con lo viejo sin destruir lo valioso. Es el momento de preguntarnos si queremos seguir siendo prisioneros de un libreto histórico que ya conocemos de memoria, o si finalmente tenemos la madurez democrática para escribir uno nuevo.
La historia nos observa. Y la historia, cuando se repite, rara vez lo hace como comedia.
Manuel Martínez Sirvent
Consultor político y ex alcalde de Callosa de Segura














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