Luis de la Fuente, el arquitecto de una nueva era del fútbol español
Artículo de opinión del periodista Jesús Zerón
El Mundial de 2026 no es fruto de la casualidad ni de una generación irrepetible. Es la culminación de una idea futbolística, de una metodología de trabajo y de un seleccionador que convirtió un grupo de excelentes futbolistas en el mejor equipo del planeta.
Con este artículo pretendo analizar minuciosamente todos esos aspectos que, posiblemente, nos lleven a entender el motivo por el que la selección española fue tan superior al resto de combinados en el último Mundial de fútbol, siempre desde mi modesta opinión.
Hay victorias que pertenecen a los jugadores. Otras son consecuencia del talento de una generación excepcional. Y luego están aquellas que llevan la firma inequívoca de un entrenador. El Mundial conquistado por España en 2026 pertenece a esta última categoría. Dentro de muchos años se recordarán los goles, las paradas o más bien pocas intervenciones de Unai Simón, el liderazgo silencioso de Rodri o las arrancadas de Lamine Yamal y tantos otros. Pero cuando el tiempo ponga cada cosa en su sitio, la historia terminará escribiendo que el gran artífice de esta segunda estrella fue Luis de la Fuente.
Porque este Mundial no ha sido una suma de individualidades. Ha sido la victoria de una idea. De una filosofía. De una forma de entender el fútbol que ha alcanzado su máxima expresión gracias a un entrenador que conocía perfectamente el camino mucho antes de que la mayoría creyera en él.
Paradójicamente, hace apenas tres años, Luis de la Fuente era recibido con una mezcla de incredulidad y desconfianza. Su nombramiento como seleccionador absoluto fue recibido con frialdad por buena parte de la opinión pública. No era un entrenador mediático. No llegaba precedido por una brillante carrera en grandes clubes europeos. Muchos aficionados apenas sabían quién era. Y precisamente por eso fue juzgado antes de empezar.
La historia del fútbol está llena de entrenadores cuyo prestigio precedía a sus resultados. En el caso de Luis de la Fuente ocurrió exactamente lo contrario. Los resultados llegaron mucho antes que el reconocimiento.
Y qué resultados.
Liga de Naciones, Eurocopa y Mundial.
Tres títulos oficiales en apenas tres años.
Nunca antes un seleccionador español había conseguido semejante colección de éxitos en tan poco tiempo. Luis Aragonés inició una revolución que cambió para siempre la mentalidad del fútbol español. Vicente del Bosque supo mantener aquel legado conquistando un Mundial y una Eurocopa consecutivos. Luis de la Fuente ha hecho algo distinto: recoger aquella herencia, actualizarla y volver a colocar a España en la cima del fútbol mundial cuando muchos pensaban que aquel ciclo irrepetible había terminado para siempre.
No se trata únicamente de contar títulos. Los títulos pueden depender de un penalti, de una lesión o de un detalle puntual. Lo verdaderamente extraordinario es la sensación de superioridad con la que España ha recorrido este Mundial. Hacía mucho tiempo que una selección no transmitía tanta autoridad. Desde el primer partido hasta la final, España dio la impresión de controlar absolutamente todo lo que ocurría sobre el terreno de juego. Los rivales apenas encontraron momentos de dominio. No porque fueran inferiores técnicamente —que muchos no lo eran— sino porque la selección española conseguía llevar los partidos exactamente al escenario que más le interesaba.
Y eso no sucede por casualidad. Sucede cuando detrás existe un entrenador capaz de preparar cada encuentro hasta el último detalle.
Durante todo el campeonato se habló mucho del talento de los futbolistas españoles. Era lógico. España posee probablemente la mejor generación joven del planeta. Sin embargo, reducir el éxito únicamente al talento sería una enorme injusticia hacia quien ha sabido ensamblar todas esas piezas.
Porque el talento sin organización rara vez gana Mundiales. El talento necesita un plan. Y el plan tenía nombre y apellidos: Luis de la Fuente.
La evolución definitiva del tiki-taka
Existe una idea equivocada que probablemente acompañará siempre a esta selección. Muchos dirán que España simplemente ha recuperado el famoso “tiki-taka”. Es una explicación cómoda, pero tremendamente simplista.
La realidad es mucho más interesante.
Luis Aragonés revolucionó el fútbol internacional demostrando que un equipo podía dominar a partir del balón. Vicente del Bosque perfeccionó aquel modelo hasta convertirlo en prácticamente imbatible entre 2008 y 2012.
Aquella España monopolizaba la posesión hasta límites nunca vistos. Dormía los partidos con el balón. Los rivales apenas podían tocarlo. El objetivo no era únicamente atacar, sino impedir que el adversario pudiera hacerlo.
Aquella idea cambió la historia del fútbol. Pero el fútbol también evolucionó. Los equipos aprendieron a presionar más arriba. A correr mejor. A defender más juntos. A atacar los espacios con una velocidad desconocida hace quince años.
Intentar reproducir exactamente el modelo de 2010 habría sido un error.
Y ahí aparece el gran mérito de Luis de la Fuente. Lejos de renunciar a la identidad histórica del fútbol español, decidió actualizarla. España sigue siendo una selección reconocible. Continúa priorizando la posesión, el juego de posición, el pase corto, la circulación constante del balón y el dominio territorial. Pero ya no se trata de acumular pases por acumular.
Cada pase tiene un propósito. Cada movimiento persigue desorganizar al rival. Cada posesión busca generar ventajas. La circulación es mucho más rápida. Las conducciones rompen líneas. Los extremos fijan constantemente a los laterales. Los interiores atacan espacios que antes apenas existían. Los laterales aparecen donde menos los espera el rival.
El balón ya no circula únicamente de lado a lado. Ahora también acelera. Verticaliza. Sorprende. Golpea.
España ya no juega para tener el balón. Tiene el balón para hacer daño. Y esa diferencia lo cambia absolutamente todo.
Durante este Mundial ha habido momentos en los que la selección ha enlazado secuencias de veinte o treinta pases consecutivos. Sin embargo, lejos de resultar un ejercicio estético, cada posesión escondía una intención perfectamente definida.
Mientras el rival perseguía el balón, España iba modificando lentamente el tablero hasta encontrar el espacio exacto donde atacar, como un jugador de ajedrez que sacrifica pequeñas piezas para preparar el jaque mate varias jugadas después.
Eso es precisamente lo que distingue a los grandes entrenadores. No diseñan únicamente sistemas. Diseñan escenarios.
Y Luis de la Fuente ha conseguido que España juegue exactamente el partido que él imagina antes incluso de que el árbitro haga sonar su silbato.
Por eso cuesta tanto ganar a esta selección. Porque cuando el balón empieza a rodar, España ya ha comenzado a vencer mucho antes.
La mayor fortaleza de España no estaba en el ataque
Existe una estadística que resume mejor que ninguna otra la magnitud del Mundial realizado por la selección española: Un solo gol encajado en todo el campeonato.
Pero incluso ese dato se queda corto.
Porque más allá del único tanto recibido, lo verdaderamente extraordinario fue la sensación permanente de seguridad que transmitió el equipo. Durante semanas vimos a algunos de los mejores delanteros del planeta desesperarse intentando encontrar un hueco que simplemente no existía. Cualquiera de los grandes nombres del fútbol mundial parecían futbolistas corrientes cuando se enfrentaban a España.
No era casualidad. Tampoco era únicamente mérito de los defensas. Era consecuencia de una idea colectiva.
Siempre se ha dicho que la mejor defensa consiste en tener el balón. Luis de la Fuente ha llevado ese principio hasta un nivel casi científico. España defendía atacando. Defendía pasando. Defendía ocupando los espacios. Defendía moviendo al rival de un lado al otro hasta desgastarlo física y mentalmente.
Porque un rival que persigue el balón durante largos minutos deja de pensar en atacar.
Y cuando finalmente consigue recuperarlo, apenas dispone de unos segundos para intentar hacer daño antes de volver a perderlo. Ahí reside una de las grandes revoluciones silenciosas de esta selección.
Mientras muchos equipos entienden la defensa como una sucesión de despejes, entradas o bloqueos, España ha convertido la posesión en su principal mecanismo defensivo. No porque renuncie a defender. Todo lo contrario. Defiende antes de que el rival tenga siquiera la oportunidad de atacar. Esa es la diferencia entre reaccionar y controlar.
Y durante este Mundial nadie ha controlado los partidos como España.
El portero que casi nunca apareció… porque nunca hizo falta
Resulta paradójico que uno de los grandes nombres del campeonato haya sido un guardameta que apenas tuvo que intervenir. Unai Simón no ha protagonizado un Mundial repleto de paradas imposibles porque, sencillamente, casi nadie consiguió dispararle. Y eso dice muchísimo más del equipo que cualquier recopilación de intervenciones espectaculares.
Sin embargo, reducir su aportación a las pocas ocasiones en las que tuvo que detener un balón sería profundamente injusto. El fútbol moderno hace tiempo que dejó de entender al portero como el último defensor. Hoy es el primero en construir. El primero en corregir. El primero en interpretar. Y probablemente ningún guardameta del torneo interpretó mejor el juego que el internacional español.
Hubo acciones que pasaron casi desapercibidas para el gran público, pero que cualquier entrenador aprecia de inmediato. Balones largos aparentemente inofensivos que terminaban muriendo treinta metros fuera del área porque Unai Simón ya había salido antes incluso de que el delantero iniciara el desmarque.
Su lectura del juego fue extraordinaria.
Actuó muchas veces como un auténtico líbero, eliminando de raíz la principal arma de muchos rivales: la velocidad al espacio.
Cuando enfrente aparecen futbolistas capaces de decidir un partido en una carrera, como Mbappé o Messi, el mejor despeje no siempre consiste en lanzar el balón lejos. A veces basta con llegar un segundo antes. Y Unai Simón llegó siempre.
Su Mundial quizá no será recordado por una colección interminable de paradas. Será recordado por algo mucho más difícil. Conseguir que casi nadie tuviera ocasión de exigirle.
Rodri, el cerebro que gobernó el Mundial
Pero sigamos avanzando en las claves de esta selección. Si Luis de la Fuente fue el arquitecto, Rodri fue el motor. No hay futbolista en el mundo que interprete mejor el juego desde la posición de mediocentro. Su grandeza no reside únicamente en el pase. Ni en la recuperación. Ni siquiera en la inteligencia táctica. Reside en algo mucho más complejo: Hace mejores a todos los que juegan a su alrededor.
Con Rodri sobre el césped, los centrales salen más tranquilos porque siempre encuentran una línea de pase. Los laterales se incorporan con más confianza porque saben que alguien cubrirá su espalda. Los interiores reciben orientados. Los extremos encuentran espacios. Los delanteros llegan con ventaja.
Todo fluye.
Es ese tipo de jugador cuya influencia apenas se aprecia en los resúmenes televisivos, pero resulta imposible de ocultar durante noventa minutos.
Su elección como mejor futbolista del Mundial no premia únicamente su rendimiento individual. Premia la capacidad de convertirse en el eje alrededor del cual gira el mejor equipo del planeta.
Los grandes campeones siempre han tenido un futbolista capaz de ordenar el caos. España encontró ese futbolista en Rodri.
El sacrificio silencioso que nunca aparece en las estadísticas
Uno de los mayores méritos de Luis de la Fuente ha consistido en convencer a un grupo de futbolistas extraordinarios de que el éxito colectivo siempre está por encima del brillo individual.
Puede parecer una frase hecha. No lo es.
El fútbol de selecciones está lleno de equipos formados por magníficos jugadores incapaces de convertirse en un gran equipo. España ha logrado exactamente lo contrario. Cada futbolista ha entendido perfectamente cuál era su función. Y la ha desempeñado incluso cuando eso implicaba renunciar a parte de sus propias virtudes.
Ahí reside la verdadera diferencia entre una suma de estrellas y un campeón del mundo.
Marc Cucurella representa perfectamente esa idea. Su torneo ha sido un ejemplo permanente de compromiso táctico. Incansable en las ayudas defensivas. Valiente para incorporarse al ataque cuando el contexto lo permitía. Inteligente para interpretar cuándo acelerar y cuándo asegurar la posesión. Nunca jugó para sí mismo. Siempre jugó para el equipo.
Lo mismo puede decirse de los extremos, obligados en muchas fases del torneo a recorrer cuarenta metros hacia atrás para cerrar líneas de pase. Fue el caso de Lamine Yamal. Sacrificó en muchas ocasiones su habitual juego explosivo y desbordante para favorecer el interés colectivo.
O de los delanteros, cuya primera misión no era marcar goles, sino iniciar la presión que desencadenaba todo el sistema defensivo español.
Hasta los futbolistas más determinantes aceptaron que, en ocasiones, el mayor éxito consistía en atraer rivales para que otro compañero apareciera libre. Ese nivel de generosidad no nace espontáneamente. Se entrena. Se explica. Se convence…
Y ahí vuelve a aparecer la figura del seleccionador.
Mucho más que un equipo: una familia
Hay una imagen que se ha repetido durante todo el Mundial. Los abrazos después de cada gol. Las celebraciones de quienes estaban en el banquillo como si hubieran marcado ellos mismos. Las bromas durante los entrenamientos. La implicación de los suplentes. La alegría sincera de quien juega poco cuando otro compañero se convierte en protagonista.
Puede parecer un detalle menor. No lo es.
En los grandes torneos, la convivencia resulta casi tan importante como el nivel futbolístico. Las selecciones pasan semanas concentradas. Conviven las veinticuatro horas del día. Comparten entrenamientos, comidas, viajes, hoteles y momentos de enorme tensión.
Las diferencias personales terminan apareciendo tarde o temprano.
Luis de la Fuente consiguió exactamente lo contrario. Construyó una familia. Y no lo hizo recurriendo a discursos grandilocuentes ni a fórmulas mágicas. Lo hizo desde el conocimiento profundo de las personas.
No hay que olvidar que la inmensa mayoría de estos jugadores ya habían trabajado con él en categorías inferiores. Los conocía cuando todavía eran adolescentes. Sabía cómo reaccionaban ante la presión. Qué necesitaba cada uno. Cómo motivarlos. Cuándo exigir. Cuándo proteger…
No heredó un grupo. Lo acompañó durante años en su crecimiento.
Y cuando llegó el momento de dirigir la selección absoluta, ya no encontró únicamente grandes futbolistas. Encontró hombres que confiaban plenamente en quien estaba sentado en el banquillo.
Eso no se compra y no se improvisa. Se construye durante mucho tiempo.
Y probablemente esa haya sido la mayor obra de Luis de la Fuente. No ha formado únicamente una selección. Ha creado un grupo de amigos dispuesto a correr, sufrir y sacrificarse unos por otros.
En el fútbol moderno, donde las diferencias tácticas entre las grandes selecciones cada vez son menores, ese factor humano puede marcar la diferencia entre quedarse en cuartos de final o levantar la Copa del Mundo.
España no solo ha sido el mejor equipo del campeonato. Ha sido, probablemente, el equipo más unido. Y cuando el talento, la organización y la unión coinciden en un mismo vestuario, el resultado suele ser el mismo.
Campeones del mundo.
El trabajo invisible que nunca levanta la Copa
Existe una frase de Luis de la Fuente que probablemente explique mejor que ninguna otra el éxito de esta selección. En varias ocasiones ha insistido en una idea que rompe con uno de los tópicos más repetidos del fútbol: la suerte no existe. O, al menos, no existe entendida como ese elemento mágico al que tantos recurren para explicar una victoria o una derrota.
Detrás de cada resultado, sostiene el seleccionador, hay horas de trabajo, estudio, preparación, análisis y entrenamiento. Cuando un equipo llega antes a una presión, ocupa mejor un espacio, encuentra el pase adecuado o ejecuta con precisión una acción ensayada, no es porque el azar haya querido favorecerle. Es porque alguien lo ha preparado durante semanas.
Y pocas veces una selección ha dado la sensación de llegar tan preparada a un Mundial como la España de 2026.
Sería injusto atribuir todo el mérito únicamente a quien ocupa el banquillo. Detrás de Luis de la Fuente existe un cuerpo técnico extraordinario. Analistas que desmenuzan hasta el último detalle de los rivales. Preparadores físicos que planifican cada carga de trabajo. Entrenadores específicos que perfeccionan automatismos casi imperceptibles para el espectador. Especialistas que estudian movimientos, tendencias, fortalezas y debilidades hasta construir un mapa completo de cada adversario.
El fútbol moderno hace tiempo que dejó de improvisarse. Cada saque de banda. Cada presión. Cada movimiento defensivo. Cada balón parado. Cada salida desde atrás… todo responde a una planificación.
Por eso resulta tan simplista reducir el éxito de España al enorme talento de sus futbolistas. El talento es imprescindible, pero necesita una dirección. Una metodología. Una idea.
Y en este Mundial esa idea estaba perfectamente definida mucho antes de que comenzara el torneo.
Cuando el fútbol demuestra que la suerte no existe
Confieso que, mientras veía avanzar a España partido tras partido, no pude evitar acordarme de un artículo que escribí hace casi cuatro años, después de la eliminación de la selección en la tanda de penaltis del Mundial de Catar, titulado “Tanda de penaltis ¿Lotería o ciencia?”.
Aquel día defendía una idea que entonces algunos consideraron exagerada: los penaltis no podían seguir tratándose como una lotería.
Tras aquella eliminación con Luis Enrique de seleccionador, muchos hablaron de mala suerte. Yo defendí entonces que los penaltis no podían dejarse únicamente en manos del azar. Que también debían trabajarse. Estudiarse. Prepararse. Porque los pequeños detalles que parecen casuales muchas veces son la consecuencia de un trabajo previo.
Creo que los anteriores lanzamientos de penaltis en las Eurocopas de 2008 y 2012 y en el Mundial de 2010, junto con la actual planificación minuciosa de Luis de la Fuente en el Mundial de 2026, confirman mi teoría.
En el caso de este último éxito, España no llegó a la gloria por una serie de acontecimientos favorables. Llegó porque había preparado mejor cada escenario. Porque había estudiado más. Porque había trabajado más. Porque había convertido los detalles en una ventaja competitiva. La suerte puede ayudarte a ganar un partido. Pero no puede explicar un proyecto. Y España no ha ganado un Mundial por un instante de fortuna. Lo ha ganado por una idea sostenida durante años.
Hoy, después de escuchar durante estos años las reflexiones de Luis de la Fuente sobre el trabajo, la preparación y el estudio constante de cada detalle, tengo todavía más claro que aquella convicción que plasmé en aquél artículo de opinión iba en la dirección correcta.
Por cierto, si quieres volver a leer aquel artículo mío al que hago referencia, pincha AQUÍ.
Decía que aquella opinión iba en la dirección correcta, porque esa es probablemente la mayor enseñanza que deja esta selección. El éxito no aparece por generación espontánea. No llega porque un balón golpee en un poste y entre. No depende únicamente de tener mejores jugadores.
El éxito se construye mucho antes. Empieza meses antes en una sala de vídeo. Continúa sobre el césped de entrenamiento. Se perfecciona en cada concentración. Y termina reflejándose sobre el campo cuando llega el momento decisivo.
Eso es exactamente lo que ha conseguido Luis de la Fuente.
¿El mejor seleccionador de la historia de España?
Después de este último gran éxito de la selección, muchos nos preguntamos si Luis de la Fuente es el mejor seleccionador de la historia de España. Plantear esta pregunta hace apenas tres años habría provocado sonrisas irónicas.
Hoy resulta prácticamente obligatoria.
No pretendo minusvalorar el legado de Luis Aragonés. Sin él probablemente nunca habría existido la España que maravilló al mundo entre 2008 y 2012. Fue quien rompió complejos históricos y convenció a un país entero de que España podía ganar jugando al fútbol mejor que nadie, aunque para ello tuvo que adoptar decisiones antipopulares como dejar a Raúl -considerado entonces la gran estrella española- fuera de la convocatoria para la Eurocopa de 2008 que terminó ganando.
Tampoco sería justo olvidar a Vicente del Bosque, cuya serenidad permitió consolidar aquella revolución con la conquista del Mundial de Sudáfrica y una nueva Eurocopa, aunque también tuvo que soportar duras críticas por incluir en la lista para el Mundial de 2010 a un entonces joven y desconocido Busquets, y cambiar el sistema para introducir un doble pivote por delante de la defensa que permitiera jugar juntos a Busquets y a Xabi Alonso.
Ambos ocuparán para siempre un lugar privilegiado en la historia del deporte español.
Pero el fútbol también exige reconocer la evidencia.
Luis de la Fuente ya ha conquistado una Liga de Naciones, una Eurocopa y un Mundial. Tres títulos absolutos. Ningún otro seleccionador español había logrado semejante palmarés.
Y lo más llamativo es que su historia todavía está lejos de terminar.
A diferencia de otros ciclos victoriosos que llegaron al final con una generación cercana a la retirada, esta selección apenas ha alcanzado su madurez. La inmensa mayoría de sus futbolistas llegará al Mundial de 2030, que además se disputará parcialmente en España, en el momento ideal de su carrera.
Rodri seguirá siendo un líder. Lamine Yamal apenas habrá alcanzado la plenitud competitiva. Nico Williams, Pedri, Gavi, Cubarsí, Cucurella, Fermín y buena parte del núcleo del equipo todavía estarán en edades extraordinarias para competir al máximo nivel.
Eso significa algo muy poco habitual en el fútbol internacional. España no parece haber culminado un ciclo. Da la impresión de estar comenzándolo.
La gran potencia futbolística del siglo XXI
Hubo un tiempo en que la discusión giraba alrededor de Brasil, Alemania, Italia o Argentina como grandes referencias históricas del fútbol mundial. Nadie cuestiona la inmensidad de sus trayectorias.
Pero quizá haya llegado el momento de formular otra pregunta.
¿Existe alguna selección que haya dominado el fútbol internacional durante el siglo XXI tanto como España?
La respuesta merece, al menos, una reflexión.
Desde comienzos de este siglo, el fútbol español ha conquistado Eurocopas, Mundiales, Liga de Naciones y ha sido protagonista de manera constante en las grandes competiciones internacionales. También la selección femenina consiguió proclamarse campeona del mundo, siendo la primera vez que ambos combinados, masculino y femenino, comparten ese éxito en el mismo periodo.
A ello se suma un extraordinario trabajo de formación que ha convertido a las categorías inferiores en una fábrica permanente de talento, con títulos continentales y mundiales que garantizan un relevo generacional casi ininterrumpido.
Mientras otras potencias dependen de generaciones aisladas, España ha conseguido algo mucho más difícil: institucionalizar una forma de jugar, una metodología y una identidad que sobreviven al paso de los futbolistas y de los entrenadores.
Ese es, probablemente, el mayor patrimonio del fútbol español. No depende de un jugador. Ni siquiera de un entrenador. Depende de una cultura futbolística.
Luis de la Fuente no la inventó. Pero ha sabido interpretarla mejor que nadie. La ha respetado. La ha enriquecido. Y la ha adaptado al fútbol de 2026.
El legado de quienes creen antes que los demás
El tiempo suele ser el juez más justo.
Dentro de veinte años quizá olvidemos el minuto exacto de un gol o el resultado concreto de una eliminatoria. Pero seguiremos recordando a quienes cambiaron el rumbo de la historia.
Luis de la Fuente pertenece ya a esa categoría. Fue cuestionado cuando casi nadie conocía su trabajo. Fue criticado por no tener un gran nombre. Fue comparado constantemente con entrenadores más mediáticos.
Y respondió de la única manera que realmente importa en el deporte: trabajando, ganando y convenciendo.
No levantó la voz para responder a quienes dudaban de él. Levantó tres trofeos.
Y pocas respuestas resultan tan contundentes.
El Mundial de 2026 no pasará a la historia únicamente como la segunda estrella del fútbol español.
Pasará como el campeonato en el que España volvió a demostrar que la mejor manera de dominar el fútbol no consiste en correr más que nadie, ni en golpear más fuerte, ni siquiera en reunir a los futbolistas más brillantes. Consiste en entender el juego mejor que los demás. En preparar hasta el último detalle. En convertir once extraordinarios jugadores en un único cerebro capaz de pensar al mismo tiempo. En transformar un vestuario en una familia. En demostrar que la verdadera diferencia entre un campeón y el resto no suele encontrarse en el talento, sino en el trabajo.
Quizá por eso, cuando dentro de muchos años volvamos la vista atrás para recordar este Mundial, no hablaremos únicamente de un título. Hablaremos de un hombre que creyó en una idea cuando muchos no creían en él.
Y de una selección que devolvió al fútbol español al lugar donde siempre soñó estar: la cima del mundo.
Jesús Zerón Huguet. Periodista













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